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 Lago Leopoldo - El misterioso lago Leopoldo en el corazón del mundo... Una integrante del Centro de Excursionismo Caracas narra, en primera persona, su aventura a este ancestral paraje que se encuentra en el Amazonas venezolano, descubierto hace 50 años por una expedición patrocinada por el rey Leopoldo de Bélgica.
Sentada ante una fogata, a la orilla del majestuoso Orinoco, oigo por primera vez del taciturno Carlos, indio Piaroa y guía baquiano, un nombre mágico: "El lago Leopoldo". No agregó mucho, sin embargo, eso fue suficiente para que yo me dijese: "Será mi próximo viaje". Viajamos al Amazonas .
La logística era navegar en una embarcación apropiada y luego caminar en la intrincada selva amazónica. Recorreríamos parte de la Reserva de Biosfera, especialmente recursos hídricos y asiento de comunidades indígenas ancestrales.
A las 9:00 am del viernes embarcamos en Puerto Samariapo. Éramos cinco y teníamos que buscar, río arriba, al porteador. El bongo era pequeño, pero veloz. Bien pertrechado con alimentos, combustible, enseres y todo lo necesario, partimos a las 10:45 am. El sol calentaba con fuerza.
Laberinto acuático La primera parada fue en Calderos. Escondida a un costado del ancho río, una cascada nos atraía con promesas de frescor. Mientras Carlos preparaba el almuerzo, nos bañamos en el agua fría del río con lecho de lajas de piedras. Luego continuamos navegando hasta llegar al primer campamento: Atubi, a orillas del río Autana .
Al día siguiente a las 9:00 am navegábamos en busca de Martín y posteriormente en pos del caño Manteco: un laberinto de aguas dentro de una selva virgen. Íbamos en silencio apenas roto por ademanes al señalar algo, el click de las cámaras, el ronroneo del motor, el chapoteo de un pez. El espejo de agua se rompe en círculos concéntricos cuando cae una hoja. El ambiente cercado por paredes vegetales impenetrables a veces forma un techo; lo angosto de la vía de agua apenas permite el paso.
Los árboles extienden sus ramas gruesas, se turnaban con el machete y el hacha desde la cubierta del bongo para que pasara la embarcación. El clima lluvioso de selva típica amazónica, nos hacía transpirar a chorros.
Viajamos varias horas. Algunas veces caíamos en una laguna ancha y, luego, volvía a estrecharse el curso de las aguas. Al fin salimos de allí. Navegamos todavía mucho tiempo más hasta el Raudal de Merey, donde sólo llega el bongo. Los rápidos que comienzan desde aquí hasta mucho más arriba en el río, impiden la navegación.
Estábamos muy lejos de la última churuata que vimos. Nada sugiere la presencia del hombre. Entonces comenzó la caminata por la selva. El equipaje pesado se quedó en el bongo, fuera de la vista. Nos llevamos sólo lo indispensable. Mientras los compañeros recogían los enseres, nosotras nos equipamos con repelente, guantes, bastones y una fina gasa para proteger la cara de los "bichitos".
La senda -solamente visible para el guía- bordea el río que brama en los rápidos (hay muchos y fuertes) o se desliza suavemente en aguas calmas.
Una hermosa flor roja (heliconia) solitaria, llamó mi atención, destacaba en las infinitas tonalidades de verdes que la rodeaban.
A veces serpenteamos pantanos donde se hundían nuestras botas o cruzamos riachuelos que alimentan al gran río. Los animales son escasos. Una que otra mariposa, un leve pitido en lo alto de un árbol, sapitos mineros que parecen resortes.
El camino se sale del monte y brincamos sobre grandes piedras en la orilla del río. Fue entonces cuando llegamos a la base de la montaña donde se esconde Leopoldo, el Caño Zorro, allí pernoctamos.
Mientras ellos acomodaban los bártulos y cocinaban, nosotras bajamos al río, a la cascada. Escalonada y muy ancha, el piso de piedra era resbaladizo. Saltamos de roca en roca y nos sentamos de espalda a los chorros de agua que nos masajearon y revitalizaron.
Esa noche nuestro dormitorio tuvo como techo, la luna llena y las estrellas, el rumor del río fue la canción de cuna. Los piaroas saben muy bien, cuando no hay presagios de lluvia.
Panorama prodigioso: Al día siguiente, después del desayuno y con mucha precaución atravesamos el río. Concentrada nuestra atención sobre el objetivo único de nuestra aventura: el lago. La vegetación abruma y atosiga. Helechos se entremezclan con palmas, plantas epifitas con la decorativa familia de las orchidaceas. También las bromeliaceas de diferentes especies, que gracias a la conjunción de sus altas y erectas hojas facilitan la entrada y retención del agua de lluvia que en ocasiones ha sacado de apuros a sedientos visitantes. Caminamos y caminamos: selva, agua, selva. Trechos planos que ascienden lentamente. Llegamos a lo alto de un desfiladero, allí como adrede, unas rocas son palco principal para el espectáculo que se nos presentaba: la vista del lago es espectacular. El lago es una verdadera joya esmeralda, estrujada en un estuche de terciopelo. Brilla iridiscente. Desde lo alto del desfiladero contemplé extasiada aquella perfección. Es el único lago de la cuenca del río Cuao, salvo las lagunas alargadas o en forma de herradura que forman algunos meandros. Se descubrió durante una expedición patrocinada por el rey Leopoldo, de Bélgica, hace más de 50 años. Aproximadamente tiene 400 metros de longitud, 270 de ancho y 84 de profundidad en el medio. Hasta posee una palma con su nombre: la leopoldina piassava, chiquichiqui, 1952. Sus aguas son consideradas muertas, por no haber peces de gran tamaño. Se alimenta y escurre subterráneamente, a la vista no se aprecia afluente alguno. El deseo de tocar el agua nos impulsó a bajar rápidamente el último trecho. La bajada es pronunciada hasta llegar al "hotel" de piedra. Es el único sitio donde podíamos montar el campamento resguardado y sin peligro. Un pasaje largo y estrecho, atrás altas paredes de roca, cuyos salientes forman una cueva poco profunda. Limpio de vegetación. Existen unas vigas de troncos de árboles que sirven para colgar los chinchorros, Carlos las colocó en un viaje anterior. Una nube de abejas amarillas cubría mi camisa oscura y mi morral, donde se formaban densos pegostes por el sudor perfumado. Molesta su ruido, pero no dañan. Dejamos los morrales y siguiendo a Carlos bajamos el dificultoso y abrupto barranco, hasta la orilla del lago. Es una muy angosta franja de arena rosada. La majestuosidad del sitio me abruma y desconcierta. Aguas tibias color de té, custodiadas por rocas negras que emergen cual centinelas y forman un círculo no enmoldado en arenas rojizas de la más fina especie. Retumba el eco de la alharaca que forman las guacharacas en lo alto de los acantilados que lo rodean. Cautelosamente nos adentramos en el agua, no se ve donde pisamos y nos dijeron que el piso plano cae de repente en profundidad. El agua transmite serenidad.
Pero de repente el encanto se rompe, parecía que el lago no quería que interrumpieran su quietud. Inusitadamente el tiempo cambió, el sol inclemente que caía se trocó en cielo oscuro. Las aguas se revolvían con fiereza. El viento silbaba y soplaba con fuerza. Las hojas de los árboles se movían cual fantasmas. Un bando de mariposas amarillas volaba atemorizada. Nos cambiamos las ropas mojadas y sentadas en los chinchorros observamos la salvaje e imponente belleza de la lluvia, bajo la mirada seria de los amigos piaroas. Han desaparecido las abejas. Un caliente café nos trajo a la realidad. Amainó la tormenta.
Lago Leopoldo surge de la reláfica escrita por Roger Bodart de la expedición del Rey Leopoldo III de Bélgica al Alto Orinoco en 1952.
El nombre del Raudal Elata situado sobre el caño Umaj Aje se refiere al acrónimo del nombre de esta expedición. Una de las versiones del libro publicado por el Rey Leopoldo en 1956 sobre la expedición ELATA incluye un mapa del Profesor José Maria Cruxent donde se describe una ruta al Lago Leopoldo. El Lago Leopoldo fue fotografiado muchas veces desde el aire y existe una película filmada por el Capitán Harry Gibson que indica un aguaje en el medio del Lago. De ahí surgió la leyenda del monstruo del Lago Leopoldo.
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